Yihad y nuevos Talibanes, ambiguedad de Pakistán

Jefe de servicios secretos en Kabul para mediar nuevo gobierno

16:54, 05 sepROMARedacción ANSA
(ANSA) - ROMA, 05 SET - Pakistán tiene, al parecer, como objetivo asegurar la influencia sobre un ejecutivo talibán centralizado que frustra los riesgos de fragmentación de un país dividido por líneas étnicas y tribales, y cosechar los dividendos del apoyo brindado durante los últimos 20 años al movimiento yihadista de estudiantes coránicos.
    Es por ello que el gobierno paquistaní envió a su jefe de los servicios secretos a Afganistán para buscar encontrar un acuerdo que mantenga unidas a las diferentes facciones de los Talibanes incluso después del final de la guerra contra Estados Unidos y la OTAN. La política seguida por Islamabad durante las últimas dos décadas fue por decir poco ambigua.
    Asegurando en palabras el apoyo a la llamada guerra estadounidense contra el terrorismo después de los ataques del 11 de septiembre, Pakistán no hizo faltar su apoyo a los talibanes. Como de hecho lo hizo Irán, el poder chiíta de la región, a pesar de las diferencias sectarias que en teoría deberían haberlo visto oponerse a los fundamentalistas sunitas afganos.
    Después de la caída de Kabul el pasado 15 de agosto, el primer ministro de Pakistán, Imran Khan, saludó el evento diciendo que "el pueblo afgano finalmente ha roto las cadenas de la esclavitud".
    Ahora Islamabad mueve sus peones en el difícil juego político con el que busca cosechar los frutos de esta estrategia. Y en esto tendrá que lidiar con muchos otros actores: no solo Qatar y Turquía, alineados en un mismo eje, sino también las grandes potencias China y Rusia. Además, por supuesto, de Irán.
    Lo que une a los países vecinos es el interés en que Afganistán no se hunda en un estado de guerra civil -como el de los años 90 tras la retirada soviética- que podría convertirlo de nuevo en una base terrorista, además de provocar un nuevo éxodo bíblico de refugiados.
    Entre los que más temen estas repercusiones está Pakistán, que ya alberga a más de tres millones de inmigrantes afganos y está lidiando con una campaña armada de los talibanes Tahrik-i (TTP), los considerados talibanes paquistaníes, rivales de aquellos afganos aunque pertenecientes al mismo grupo étnico, el de los pastunes.
    Miles de milicianos armados del TTP encuentran refugio en la región fronteriza entre los dos países, aprovechando la anarquía que reina allí y golpean en Pakistán con sangrientos ataques.
    Como un atentado suicida que hoy mató al menos a tres miembros de las fuerzas de seguridad en Quetta.
    Aquella paquistaní es la primera delegación importante que llega a Kabul. A la cabeza está el jefe de inteligencia, Faiz Hameed.
    "Hemos trabajado por la paz en Afganistán y lo haremos en el futuro, no hay de qué preocuparse", dijo el general. Sin duda, un motivo menos de preocupación para Pakistán es la exclusión del juego afgano de su rival India, un enemigo de los talibanes tras su apoyo a la revuelta islamista en Cachemira.
    Pero Islamabad también tiene la intención de defender intereses económicos específicos. Como el proyecto de oleoducto trans-afgano que debería llevar la materia prima de Turkmenistán a Pakistán.
    La empresa se inició en 1997, cuando un consorcio liderado por la empresa estadounidense Unocal, encabezada por el ex embajador de Estados Unidos en Afganistán, Robert Oakley, llegó a un acuerdo con el régimen talibán.
    El proyecto fue abandonado un año después, cuando el entonces líder del movimiento islámico, Mullah Omar, declaró su apoyo a Al Qaeda. (ANSA).
   

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