Por Giorgio Gosetti
(ANSA) - ROMA 13 NOV - A 50 años de su muerte (Neully sur
Seine, 13 de noviembre de 1974), ¨qué queda del formidable
legado de Vittorio De Sica, el director italiano que levantó
cuatro veces la legendaria estatuilla del Oscar y con cinco
nominaciones se acercó al récord de Federico Fellini.
Una calle que le dedica la ciudad de Nápoles (su verdadera
patria a pesar de haber nacido en Sora, en Frosinone), varias
placas conmemorativas y una larguísima secuencia de premios
nacionales, numerosas retrospectivas en todo el mundo y la
"bendición" de los creadores de Cahiers du Cinéma, que, sin
embargo, prefirieron al otro padre fundador del neorrealismo,
Roberto Rossellini.
De Sica fue un hombre complejo, una verdadera "estrella" de
entreguerras, un director refinado y elegante, un padre a la
italiana, un activista en las batallas de su tiempo contra todo
freno a la libertad de expresión.
Hacer un retrato de él para quienes no lo han conocido y
apenas conocen su nombre no es fácil porque en él se concentran
muchas características de su generación y del italiano de ayer y
de hoy.
Podríamos partir de la aparición en "Nos habíamos amado
tanto" de Ettore Scola que le dedicó la película en ese mismo
1974, apenas un mes después de la noticia de su muerte en un
hospital de Neully sur Seine donde Vittorio peleó por última vez
la batalla contra un cáncer de pulmón que había minado
gravemente su salud. Sin embargo, estuvo en el set hasta el
final, como director de "El viaje" con su amada Sophia Loren y
como actor en la película para televisión de su hijo Manuel "El
héroe".
Como actor transmitió sus maneras y trucos a su hijo
Christian, convirtiéndose en un personaje muy popular, capaz en
algunas ocasiones de medirse más o menos directamente con la
lección de su padre como en "El Conde Max".
Como director, influyó en varias generaciones de directores
y no sólo en los italianos, sobre todo por su capacidad para
transformar historias locales, apagadas y desprovistas de héroes
espectaculares, en obras de alcance universal como "Ladrones de
bicicletas", "Umberto D.", "Ayer, hoy, mañana"y "Matrimonio a la
italiana".
En su madurez, prevaleció en él su vocación internacional
con películas impecablemente elaboradas y repartos "todo
estelares" hasta la reconocida obra maestra, "El jardín de los
Finzi Contini", galardonada con el Oscar en 1970.
Como figura pública, a menudo desafió las convenciones, la
censura y el peligro. Comienza con su matrimonio con Giuditta
Rissone (en 1937) con quien tuvo su primera hija, Emi. No fue un
matrimonio fácil también por la notoriedad que ya tenía Vittorio
como actor en ese momento, tan es así que un año después tendría
otra hija en España (Vicky Muñoz) así como Emi nació en Italia.
En 1942, en el rodaje de "Un garibaldino al convento"
conoció a María Mercader, se enamoró de ella y se fue a vivir
con ella. Se casará con ella en México convirtiéndose en
adúltero según la ley italiana.
Para regularizar su situación tomará la ciudadanía francesa,
pero durante toda su vida querrá permanecer fiel a ambas
familias, hasta el punto de que los hijos solo se conocerán en
la edad adulta.
Si su vida privada siguió siendo tumultuosa también debido a
su irreprimible pasión por el juego, en el que perdió fortunas
enteras (compensadas con participaciones en todo tipo de
películas), sus decisiones humanitarias durante la guerra son
menos conocidas pero igualmente significativas.
Cuando Roma se convierte en una ciudad ocupada por los
nazis, De Sica se niega a trasladarse al norte de la República
Social e inventa un guión para volver a rodar en Cinecitt… con
el apoyo del Vaticano. Se llama "La Puerta del Cielo" y será el
pretexto para dar refugio a muchos judíos y antifascistas
contratados como extras y alojados en San Paolo Extramuros.
Considerado católico y humanista, se profesaba comunista,
pero en su cine siempre prevalecerían valores más universales,
incluso en el compromiso civil como en la defensa de los más
débiles, de los judíos, de los perseguidos.
En la historia del cine, en una carrera larguísima, llena de
éxitos y honores, algunas joyas brillan más que otras: tras su
debut en el cine mudo a finales de los años 1920, se convirtió
en una estrella de los "Teléfonos blancos" en la época de "Gli
uomini che mascalzoni" (1932) hasta "I grandi magazzini" (1939).
Volverá con fuerza al éxito como intérprete en los años
cincuenta con el Mariscal de "Pane amore e fantasia" (1953) y
sus dos secuelas, pero también queda en la memoria su monólogo
en "Il processo di Friné", dirigido por Alessandro Blasetti, al
igual que la intensa "Generale Della Rovere" dirigida por
Roberto Rossellini (1959).
La gloria inmortal, en cambio, proviene de su labor como
director que marca los primeros y decisivos pasos en la era del
neorrealismo, hasta el punto de que "Ladrones de bicicletas"
seguirá siendo una película-acontecimiento para generaciones
enteras.
Luego, detrás de la cámara, tuvo tras una trayectoria más
clásica ("Maddalena zero in condotta", "Teresa Venerdí", "I
bambini ci guardano"). Luego su talento explota como fuegos
artificiales desde "Sciusci…" en 1946 hasta "Umberto D.",
pasando por "Miracolo a Milano" y "L'oro di Napoli".
Después de una pausa que cambia su signo expresivo, volverá
a la cima con "La ciociara" (1960), que marca el punto más alto
de la colaboración con Sophia Loren, luego repetida muchas veces
desde "Ieri, oggi, domani" hasta "I girasoli" hasta la senil "Il
viaggio".
Como actor, su técnica tiene una impronta típicamente
teatral, fruto de su largo aprendizaje en los escenarios de todo
el país, especialmente en los años 1930, y que desplegará
también como cantante, inspirándose en su querido repertorio
napolitano.
Pero fue frente a la cámara (y más aún pudiendo guiarla) que
Vittorio De Sica supo ser él mismo hasta la médula, desplegando
un corazón, una sensibilidad, una maestría que seguirán siendo
únicas en la imaginación del segunda mitad del siglo XX. (ANSA).